Crisalida
Me asomé a la ventana de mi habitación….Desde allí podía contemplar la monstruosa arquitectura de la ciudad de Buenos Aires.
El sol filtraba sus rayos trigueños entre la inmensidad de los edificios que brotaban del asfalto, como la hierba numerosa que se yergue entre los almácigos de humanidad.
Respiré hondo y llené los pulmones con la mayor cantidad de aire posible... Debía volver a mi mundo. La tierra, ese planeta tan inquietante para nuestra raza galáctica, ya delineaba sus formas más exactas.
Hacía muchos años que habíamos llegado a este mundo, con el objeto de recolectar la mayor cantidad de informaciones posibles, para un probable futuro poblamiento. ¡No era el único!. Además de mí, en otras geografías, existían compañeros que realizaban la misma tarea.
Debía reunirme con ellos en pocas horas. Pero emanaba de mí, algo que no comprendía. Me quede pensando en ello...
Mientras tanto el viejo Dios mitológico, se elevaba de las ya ajeadas y amarillentas páginas horarias. Una vez más lo hacía. Como todos los días. Cada veinticuatro horas, la humanidad reincidía en ese paganismo. Sus pieles enrojecían. Calentaban sus cuerpos, y la tostadora seguía con su trabajo.
La piel grisácea de Buenos Aires descascaraba sus tonalidades...
Aceité, entonces, mi pensamiento. Razoné que amanecían en mí, vestigios de humanidad, y crepúsculaban mis antiguos caracteres extraterrestres. ¡Eso no era bueno!. ¿Sería por acostumbramiento?. ¡Dude!. Apoyé mi mano en el mentón…. Mi laboratorio mental trataba de evaporar esas ideas. Trataba de separar esos elementos químicos improductivos... ¡Improductivos! -me pregunté-… Una gota de sudor recorrió mi frente...
Recopilé hechos trascendentales... Hiroshima. Nagasaki. La Primera, la Segunda Guerra Mundial ... Vietnam. La pobreza. La miseria. ¡Y la gente que vi morir de hambre!.
El ocre ciudadano tiño una lagrima que cayó en mis mejillas. Estos últimos pensamientos me habían golpeado fuertemente como un martillo.
No conocía lo que era una lágrima. La tomé con mi dedo índice... La miré, y la lleve a mi boca... Tenía un sabor amargo.
Sude nuevamente... Las gaviotas de mi pensamiento extendían senderos invisibles. Respire hondo. Las fragancias humanas que llegaban del exterior de mi ventana, perfumaban mi alma. Tan rápido era ese accionar, como la misma agilidad que poseen las almejas, para hundirse en las arenas silenciosas del alma, ignorando las turbulentas espumas, que hilan las playas de marfil.
El reloj hizo sonar su chicharra. Debía emprender viaje. Traté con todas mis fuerzas mentales de cristalizar estos sentimientos humanos que me acechaban. Sabía del resultado final de este planeta. Nada podíamos hacer nosotros para cambiar el rumbo de su destino. ¡La destrucción final sería inevitable!. Y tras la destrucción final sobrevendría la catástrofe mayor: ¡La rocosidad eterna!.¡La imposibilidad de que este suelo volviera a germinar!...
¡ Me estremecí!. Una gota de sudor mojó mi frente. La sequé con mi dedo. Tome los archivos y los guarde en mi valija... Una onda cerebral golpeó mi mente. Atendí ese llamado.
-Equis.
-Sí -respondí-
-¿Qué le sucede?. Su tono de voz es distinto.
-No, no es nada. Descuidé por un momento mi salud.
-¿Está preparado?.
-Sí.
-Bien desintégrese. Y lléguese al lugar prefijado.
-Así lo haré. Pero debo pagar la cuenta del hotel.
-¿No lo hizo todavía?.
-No!. El trabajo me restó ese tiempo.
-Esta bien, Hágalo y reúnase con nosotros. Debemos volver a nuestro mundo.
-De acuerdo.
-Equis!.-
-Sí.
-Felicitaciones. Su trabajo fue el mejor de todos.
-Gracias...
La cuenta del hotel ya había sido pagada. Tuve que mentirle a mi jefe. La verdad era que tenía que pagar otra clase de cuenta...
}Miré por última vez aquella piel grisácea de Buenos Aires. Grabé en mis retinas, su ocre matinal. En verdad nuestro mundo era distinto. No existía el sol y la naturaleza había muerto hacía muchas generaciones.
No conocíamos la calidez de los sentimientos. Reinábamos en paz. ¡Pero el amor era un Don desconocido!. Sumábamos nuestras fuerzas mentales a la procreación metódica y progresista. Rechazábamos las guerras. Éramos criaturas polares. Tan gélida era nuestra forma de actuar, que no conocíamos las líneas del ecuador.
Miré mi reloj. Me quedaban tres minutos... Debía partir... Traté de discernir en aquellos que emanaba de mí y que no comprendía... ¡Por fin entendí que en mí se había producido una crisálida de vida!.
Me había vuelto medio humano. Amaba este mundo. A pesar de su resultado final. Amaba sus fracasos y sus aciertos. Las plagas sociales en las cuales él se debatía Sus turbulentas pasiones humanas, y el enorme esfuerzo que realizaban para reverdecer de entre la miseria. Amaba la calidez que ellos destellaban frente a las contrariedades y a la maldad. El empeño para proyectar a sus hijos hacia un futuro más bello. También me lastimaban todos esos individuos malvados que enturbiaban con su ignorancia, el arte hermosísimo que poseía este planeta.
Decidí pagar mi cuenta con Él. Entonces lloré. Y lo hice por un largo rato.
Una onda cerebral me llamó de nuevo:
-Equis!...
-Sí!...
-Se retrasa dos minutos.
-Perdón. Tuve problemas con mi desintegración...
-Esta bien. No es necesario que mienta. ¡A nosotros nos paso lo mismo que a Usted!. ¡Venga debemos partir!...
-Dejé en aquella habitación mi crisálida de vida, y me desintegré!...
