Interesante historia
la que nos relata Felipe Pigna en estas lineas. Caliente y muy relevante el
contenido y transmite al lector una confianza muy grande acerca de
nuestro nivel de inteligencia. No creo que estemos muertos a diferencia de
aquellos proceres, estrategas, políticos-sociales y humanitarios que nos
antecedieron.
Nos avanzan por
costados muy violentos a la sociedad actual para que nos caigamos, para
dominarnos; pero la violencia tiene un lugar muy debil que es la misma
violencia. Se autodestruye. Declara!.
Veamos pues como son estas lineas de la historia argentina del 1800:
Juan Bautista Alberdi, nacio en Tucuman el 29
de agosto de 1810. En 1816, mientras iniciaba sus sesiones el Congreso de
Tucuman, ingresaba a la escuela primaria.
En 1824, con 14 años, llego a Buenos Aires y comenzo a estudiar en el
Colegio de Ciencias Morales.
No se llevaba bien con el medieval regimen disciplinario del Colegio,
que incluia encierros y castigos corporales, y logro que su hermano Felipe lo
sacara de alli.
Mientras trabajaba
como empleado en una tienda, leia apasionadamente a Rousseau, estudiaba musica,
componia y daba conciertos de guitarra, flauta y piano para sus amigos.
En 1832, escribio
"El Espiritu de La Musica " y se traslado a Cordoba donde pudo
recibirse de Bachiller en leyes.
Desde 1832, un grupo de jóvenes intelectuales
venia reuniéndose en la librería de Marcos Sastre. Alberdi se incorporara a
este grupo, compuesto entre otros, por juan Maria Gutierrez y Esteban
Echeverria, que fundara en 1835 " El Salon Literario" un
verdadero centro cultural y de difusión de las nuevas odeas políticas
vinculadas al romanticismo europeo.
En 1837 Alberdi publico una de sus obras mas
importantes: "Fragmento Preliminar al estudio del derecho, donde hacia un
diagnostico de la situación nacional y sus posibles soluciones.
De ese mismo año data la publicación de "La Moda", gacetin
semanal de musica, poesia, literatura y costumbres. Aparecieron 23 numeros y en
sus articulos, Alberdi –que firmaba bajo el seudónimo de Figarillo- intentaba
burlar a la censura del rosismo y dejaba deslizar frases como esta: "Los
clamores cotidianos de la tirania no podran contra los progresos fatales de la
libertad"
Junto a Esteban Echeverria y Juan Maria Gutierrez fundo la Asociación de
la Joven Generación Argentina, siguiendo el modelo de las asociaciones
románticas y revolucionarias de Europa.
Este grupo de
intelectuales pasara a la historia como la "Generación del 37"
La mazoerca comenzo
a vigilarlos de cerca y a perseguirlos.
Alberdi llego a
Montevideo en noviembre de 1838 y colaboro en publicaciones como "El grito
Argentino" y "Muera Rosas". De ese periodo son tambien sus dos
obras de teatro: "La Revolucion de Mayo" y "El gigante
Amapolas", una satira sobre Rosas y los caudillos de la guerra civil.
En mayo de 1843partio con Juan Maria Gutierrez
hacia Paris. Llego en septiembre y visito al General San Martín, con quien
mantiene dos prolongadas entrevistas.
A fines de 1843 decidio, como Sarmiento, radicarse en Chile. Alli vivio por
17 años.
Al enterarse del triunfo de Urquiza sobre Rosas en la Batalla de Caseros el
3 de febrero de 1852, escribe: "Bases y puntos de partida para la
organización política de la Republica Argentina y se lo envia a Urquiza que le
agradece su aporte.
La obra sera una de las fuentes fundamentales de nuestra Constitución
Nacional, sancionada el 1° de Mayo de 1853.
Dira comentando el texto: "Reconociendo que la riqueza es un medio
no un fin, la Constitución Argentina propende por el espiritu de sus
disposiciones economicas, no tanto a que la riqueza publica sea grande, como
bien distribuida, bien nivelada y repartida; porque solo asi es nacional y
digna del favor de la Constitución, que tiene por destino el bien y prosperidad
de los habitantes que forman el pueblo argentino, no de una parte con exclusión
de la otras ( Juan Bautista Alberdi: Obras completas, tomo IV, Bs As. 1887)
Mantendra ardientes
polemicas con sarmiento en torno a Urquiza a quien decide darle
todo su apoyo.
El gobierno de Parana lo reconoce
encargado de negocios de la Confederación Argentina ante Francia, Inglaterra,
El Vaticano y España.
El 15 de
Abril de 1855 partio hacia europa. Visito los Estados Unidos, donde se
entrevisto con el presidente Franklin Pierce, y luego Gran Bretaña, donde
conocio a la Reina Victoria, y finalmente llego a Paris para quedarse por 24
años. Regularizo las relaciones con el Vaticano y consiguió el reconocimiento
de nuestra independencia por la Reina Isabel II de España.
Tras la
derrota de Urquiza en Pavon, Alberdi fue despedido por Mitre de su cargo. Hacia
dos años que no cobraba su sueldo y el nuevo gobierno se negaba a pagarle lo
adeudado y costear su viaje de regreso.
Comento entonces: "El
mitrismo es el rocismo cambiado de traje"
Tuvo que
quedarse en Paris. Sus unicos y escasos ingresos provenian del alquiler de una
propiedad en Chile.
Durante la Guerra de la Triple Alianza, Alberdi como Jose Hernández y Guido
Spano, apoyara decididamente la causa paraguaya y acusara a Mitre de
llevar adelante una guerra de " La triple infamia" contra un pueblo
progresista y moderno.
Bajo la profunda impresión que le causo el conflicto publico en 1872: "El
crimen de la guerra "uno de los mas notables alegatos antibelicistas
que se hayan escrito"
"De la guerra es
nacido el gobierno militar que es el gobierno de la fuerza sustituida a la
justicia y al derecho como principio de autoridad"
No pudiendo hacer que lo
que es justo sea fuerte se ha hecho que lo que es fuerte sea justo.
El derecho de la guerra,
es decir, el derecho del homicidio y del incendio de la devastación en
la mas grande escala posible.
Estos actos son crímenes por las leyes de todos los paises del mundo.
La guerra los sanciona y
los convierte en actos honestos y legitimos, viniendo a ser la guerra el
derecho del crimen ( Juan Bautista Alberdi "El crimen de la guerra".
Buenos Aires, editorial Sopena Argentina 1957).
Agudo observador de la realidad argentina escribio: "En
los paises nuevos en que la habilidad abunda mas que el juicio, se da
frecuentemente el nombre de empréstitos para obras publicas a
los que en realidad son obras publicas para empréstitos
Asi tan pronto como el
empréstito es conseguido, la obra publica queda sin objeto, que es el
empréstito, no la obra (Juan Bautista Alberdi. Obras completas tomo VII, Bs As
1887)
En 1879 una alianza entre Roca y Avellaneda lanzo la candidatura de Alberdi a
diputado nacional. Llego a Buenos Aires el 16 de septiembre de aquel año y tuvo
una participación decisiva en los debates por comentarios sobre la ley de
federalizacion de Buenos Aires que le dio finalmente una Capital Federal
a la Republica.
El senado –najo la
presion mitrista- rechazo el proyecto de publicación de sus obras completas y
su nombremiento como embajador en Francia.
Humillado decidio alejarse definitivamente del pais. Partio a Francia el 3 de
Agosto de 1881 confesandole a un amigo "Lo que me aflige es la
soledad."
Murio en
Nueilly-Sur-Seine, cerca de Paris, el 19 de Julio
Una entrevista histórica
EL GENERAL SAN MARTÍN EN
1845
París, 14 de Septiembre de
1843
El
1° de Septiembre, a eso de las once de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo
el señor D. M. J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una
hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. Yo me
ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una
traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó, exclamando: "¡El
general San Martin!" Me paré lleno de agradable sorpresa al ver la gran
celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos, clavados en la puerta
por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición.
-- Entró por fin con su sombrero en la mano, con la modestia y el apocamiento
de un hombre común. ¡Qué diferente lo hallé del tipo que yo me había formado
oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores
en América¡
Por ejemplo: Yo le esperaba más alto,
y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía
un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de
color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso, y, sin
embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha
parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de
grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha,
aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal
de su voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con
toda la llanura de un hombre común. Al ver el modo de como se considera él
mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo,
porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud
padecía mucho; pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil que todos
cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin
excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece
en su salud cuando está en inacción, y se cura con solo ponerse en movimiento.
De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario
debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien
proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos
hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote, a pesar que hoy lo llevan por
moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran
pensador, promete, sin embargo, una inteligencia clara y despejada, un espíritu
deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hacia el medio de la frente
cada vez que se abren sus ojos, llenos aun del fuego de la juventud. La nariz
es larga y aguileña; la boca pequeña ricamente dentada, es graciosa cuando
sonríe; la barba es aguda.
Estaba vestido con sencillez y
propiedad: corbata negra, atada con negligencia; chaleco de seda, negro; levita
del mismo color; pantalón mezcla de celeste; zapatos grandes. Cuando se paró
para despedirse acepté y cerré con las dos manos la derecha del gran hombre que
había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se
despedía para uno de los viajes que hace en el interior de Francia en la
estación de verano.
No obstante su larga residencia en
España, su acento es el mismo de nuestros hombre de América, coetáneos suyos.
En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla
palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia que llegará
un día en que se verá privado de uno y otro o tendrá que hablar un patois de su
propia invención. Rara vez o nunca habla de política --- jamás trae a la
conversación con personas indiferentes sus campañas de Sudamérica; sin embargo,
en general le gusta hablar de empresas militares.
Yo había sido invitado por su
excelente hijo político, el señor don Mariano Balcarce, a pasar un día en su
casa de campo en Grand Bourg, como seis leguas y media de París. este paseo
debía ser para mí tanto más ameno cuanto que debía de hacerlo por el camino de
hierro en que nunca había andado. A las once del día señalado nos trasladamos
con mi amigo el señor Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor de la
línea de Orleans, detrás del Jardín de Plantas. El convoy, que debía partir
pocos momentos después, se componía de 25 a 30 carruajes de tres categorías.
Acomodadas las 800 a 1000 personas que hacían el viaje, se oyó un silbido, que
era la señal preventiva del momento de partir. Un silencio profundo le sucedió,
y el formidable convoy se puso en movimiento apenas se hizo oír el eco de la
campana que es la señal de partida. En los primeros instantes, la velocidad no
es mayor que la de los carros ordinarios; pero la extraordinaria rapidez que ha
dado a este sistema de locomoción la celebridad de que goza, no tarda en
aparecer. El movimiento entonces es insensible, a tal punto, que uno puede conducirse
en el coche como si se hallase en su propia habitación. Los árboles y edificios
que se encuentran en el borde del camino parecen pasar por delante de la
ventanas del carruaje con la prontitud del relámpago, formando un soplo
parecido al de la bala. A eso de la una de la tarde se detuvo el convoy en Ris;
de allí a la casa del general San Martín hay una media hora, que anduvimos en
un carruaje enviado en busca nuestra por el señor Balcarce. La casa del general
San Martín está circundada de calles estériles y tristes que forman los muros
de las heredades vecinas. Se compone de un área de terreno igual, con poca
diferencia, a una cuadra cuadrada nuestra. El edificio es de un solo cuerpo y
dos pisos altos. Sus paredes, blanqueadas con esmero, contrasta con el negro de
la pizarra que cubre el techo, de forma irregular. Una hermosa acacia blanca da
su sombra al alegre patio de la habitación. El terreno que forma el resto de la
posesión está cultivado con esmero y gusto exquisito: no hay un punto en que no
se alce una planta estimable o un árbol frutal. Dalias de mil colores, con una
profusión extraordinaria, llenan de alegría aquel recinto delicioso. Todo en el
interior de la casa respira orden, conveniencia y buen tono. La digna hija del
general San Martín, la señora Balcarce, cuya fisonomía recuerda con mucha
vivacidad la del padre, es la que ha sabido dar a la distribución doméstica de
aquella casa el buen tono que distingue su esmerada educación. El general ocupa
las habitaciones altas que miran al Norte. He visitado su gabinete lleno de la
sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación,
descansaba impasible colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la
faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es
excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición; en una palabra, de la
forma denominada vulgarmente moruna. Está admirablemente conservada: sus
grandes virolas son amarillas, labradas, y la vaina que la sostiene es de un
cuero negro graneado semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente,
sin pavón ni ornamento alguno. A su lado estaban también las pistolas grandes,
inglesas, con que nuestro guerrero hizo la campaña al pacífico.
Vista la espada, se venía naturalmente
el deseo de conocer el trofeo con ella conquistado. Tuve, pues, el gusto de
examinar muy despacio el famoso estandarte de Pizarro, que el Cabildo de Lima
regaló al general San martín, en remuneración de sus brillantes hechos. Abierto
completamente sobre el piso del salón, le vi en todas sus partes y dimensiones.
Es como de nueve cuartas. El fleco, de seda y oro, ha desaparecido casi
totalmente. Se puede decir que del estandarte primitivo se conservan apenas
algunos fragmentos adheridos con esmero a un fondo de seda amarillo. El pedazo
más grande es el del centro, especie de chapón donde, sin duda, estaba el
escudo de armas de España, y en que hoy no se ve sino un tejido azul confuso y
sin idea ni pensamiento inteligible. Sobre el fondo amarillo o caña del actual
estandarte se ven diferentes letreros, hechos con tinta negra, en que se
manifiestan las diferentes ocasiones en que ha sido sacado a las procesiones
solemnes por los alféreces reales que allí mismo se mencionan.
¿Quién si no el general San Martín
debía poseer este brillante gaje de una dominación que había abatido con su
espada? Se puede decir con verdad que el general San Martín es el vencedor de
Pizarro; ¿A quién, pues, mejor que al vencedor tocaba la bandera del vencido?
La envolvió a su espada y se retiró a la vida obscura, dejando a su gran colega
de Colombia la gloria de concluir la obra que él había casi llevado hasta su
fin. Los documentos que a continuación de esta carta se publican por primera
vez en español, prueban de una manera evidente que el general San martín
hubiera podido llevar a cabo la destrucción del poder militar de los españoles
de América, y que aún lo solicitó también con un interés, y una modestia
inaudita en un hombre de su mérito. Pero sin duda esta obra era ya incumbencia
de Bolívar; y éste, demasiado celoso de su gloria personal, no quiso cederla a
nadie. El general San Martín, como se ve, pues, no dejó inacabado un trabajo
que hubiera estado en su mano concluir.
Como parece estar decidido de un modo
providencial que nuestros hombres célebres del Río de la Plata, hayan de
señalarse por alguna originalidad o aberración de carácter, también nuestro
Titán de los Andes ha debido tener la suya. Si pudiéramos considerarlo hombre
capaz de artificio o disimulo en las cosas que importan a su gloria, sería cosa
de decir que él habla abrazado intencionalmente esta singularidad; porque, en
efecto, la última enseña que hay que agregar a un pecho sembrado de escudos de
honor, capaz de deslumbrarlos a todos, es la modestia.
He aquí la manía, por decirlo así del
general San Martín; y digo la manía, por que lleva esta calidad más allá de lo
conveniente a un hombre de su mérito. Por otra parte, bueno es que de este modo
vengan a hallarse compensadas las buenas y malas cosas de nuestra historia
americana. Mientras tenemos hombres que no están contentos sino cuando se les
ofusca con el incienso del aplauso por lo bueno que no han hecho, tenemos otros
que verían arder los anales de su gloria individual sin tomarse el comedimiento
de apagar con el fuego destructor.
No hay ejemplo (que nosotros sepamos)
de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a
redacciones que hubieran podido serles muy honrosas; y difícilmente tendremos
hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas. La adjunta
carta al general Bolívar, que parecía formar una excepción de esta práctica
constante, fue cedida al Sr. Lafón, editor de ella, por el secretario del
libertador de Colombia. Se me ha dicho que cuando la aparición de la Memoria
sobre el general Arenales publicada por su hijo, un hombre público de nuestro
país, escribió al general San Martín, solicitando de él algunos datos y su
consentimiento para refutar al coronel Arenales, en algunos puntos en que no se
apreciaba con la bastante latitud los hechos esclarecidos del Libertador de
Lima. El general San Martín rehusó los datos y hasta el permiso de refutar a
nadie en provecho de su celebridad.
El actual rey de Francia, que es
conocedor de la historia americana, habiendo hecho reminiscencia del general
San Martín, en presencia de un agente supo público de América, con quien
hablaba a la sazón, supo que se hallaba en París desde largo tiempo. Y como el
rey aceptase la oferta que le fué hecha inmediatamente de presentar ante S. M.
al general americano, no tardó éste con ser solicitado con el fin referido;
pero el modesto general, que nada tiene que hacer con los reyes, y que no gusta
de hacer la corte ni que se la hagan a él; que no aspira ni ambiciona
distinciones humanas, pues que está en Europa, se puede decir, huyendo de los
homenajes de catorce Repúblicas, libres en gran parte por su espada, que si no
tiene corona regia, la lleva de frondosos laureles, en nada menos pensó que en
aceptar el honor de ser recibido por S. M., y no seré yo el que diga que
hubiese hecho mal en esto.
Antes de que el marqués Aguado
verificase en España el paseo que le acarreó su fin, hizo las más vehementes
instancias a su antiguo amigo el general San Martín para que le acompañase al
otro lado del Pirineo. El general se resistió observándole que su calidad de
general argentino le estorbaba entrar en un país con el cual el suyo había
estado en guerra, sin que hasta hoy tratado alguno de paz hubiese puesto fin al
entredicho que había sucedido a las hostilidades; y que en calidad de simple
ciudadano le era absolutamente imposible aparecer en España por vivos que
fuesen los deseos que tenía de acompañarle. El señor Aguado, no considerando
invencible éste obstáculo, hizo la tentativa de hacer venir de la Corte de
Madrid el allanamiento de la dificultad. Pero fué en vano, porque el Gobierno
español, al paso que manifestó su absoluta deferencia por la entrada del
general San martín como hombre privado, se opuso a que lo verificase en su
rango de general argentino. El libertador de Chile y el Perú, que se dejaría
tener por hombre obscuro en todos los pueblos de la tierra, se guardó bien de
presentarse ante sus viejos rivales de otro modo con su casaca de Maipú y
Callao; se abstuvo, pues, de acompañar a su antiguo camarada. El señor de
Aguado marchó sin su amigo y fué la última vez que le vió en la vida. Nombrado
testamentario y tutor de los hijos del rico banquero de París, ha tenido que
dejar hasta cierto punto las habitudes de la vida inactiva que eran tan
funestas a su salud. La confianza de la administración de una de las más
notables fortunas de Francia, hecha a nuestro ilustre soldado, por un hombre
que lo conocía desde la juventud, hace tanto honor a las prendas de su carácter
privado, como sus hechos de armas ilustran su vida pública. El general San
Martín habla a menudo de la América, en sus conversaciones íntimas, con el más
animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo
recuerda con admirable exactitud. Dudo sin embargo que alguna vez se resuelva a
cambiar los placeres estériles del suelo extranjero, por los peligrosos e
inquietos goces de su borrascoso país. Por otra parte, ¿será posible que sus
adioses de 1829, hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el
país de su cuna y de sus grandes hazañas?
"Felizmente, el pasado no muere jamás completamente
para el hombre. Bien puede el hombre olvidarlo, pero él lo guarda siempre en sí
mismo. Porque tal cual es él en cada época es el producto y resumen de todas
las épocas anteriores." (La Cité Antique, de Coulanges.)
http://comunidad.ciudad.com.ar/ciudadanos/candido/Alberdi.htm