Requiem de un campeon

 

Las cámaras de televisión enfocaron el rostro del campeón que se preparaba para subir al cuadrilatero.
Su andar era entorpecido por los tontos de siempre, que le quieren tocar la cara y palmearle la espalda. ¡Pero el no se inmutaba!. Continuaba caminando hacia la lona en busca de la hora de la verdad.

Algo le sucedía al campeón. Lo mostraba en la expresión de su esforzada sonrisa. Había algo que quería decir y no podía en esos momentos, ya que se sentía impulsado por algo más fuerte que él; algo sobrehumano! .

Finalmente se separó de aquella masa humana que quería arrollarlo con palabras de aliento. Palabras que se repetían una y otra vez, y que ya las tenía memorizadas. Pero cómo hacer para despegarse de ellas -se repetía el campeón en su interior-. Cómo hacer, si la única voz que escuchaba era la de su interior humano, que le repetía una y otra vez, entre gritos y forcejeos. No va más!. .

Le parecía increíble que esto le sucediera a él. Hubiera querido ser sordo de espíritu tan solo por quince rounds; o empezar a gritar para tapar esa maldita voz que lo acosaba incesantemente, y que le decía, ¡no va más!, ¡no va más!, ¡no va más!..... .

Y aunque quisiera evadirse de ella, le seguía prestando atención, cómo quien obedece a un poder extraño, sin más respuesta que la da su servidumbre.

Sus nervios se crisparon, y, por un instante arremetió contra las cuerdas, sin prestarle atención a los requerimientos periodísticos. .

Había llegado el momento crucial. Pisaba la lona y las cuerdas quedaban atrás sin otra función que la de cercarlo. Yo soy el campeón, yo soy el campeón -se repetía una y otra vez- y fue así, pues se le notaba en la modulación de su boca, mientras entonaban los respectivos himnos. .

Yo soy el camp...! Su frase fue interrumpida por el juez que lo llamaba al centro del cuadrilátero. .

Diez segundos. ¡Pum!. ¡Pum!. ¡Pum!. Tres golpes implacables del retador. ¡Pum!, uno más y a la cuerda. Un breve descanso, ¡Pum! -y una voz exclamaba ¡no va más!.

Esto le dolía más que las trompadas del retador. ¡Pum! Y al clinch. ¡Pum!. ¡Pum!.

Los gritos por entonces eran ensordecedores. ¡Pum!; ¡no va mas!; ¡no va mas!. Rinnnggg! Rinnnggg!.

En el rincón la vaselina, los masajes, el agua, las recomendaciones -contra las cuerdas no eh!. Me entendiste. Acto seguido un gesto de afirmación instintivo.
El campeón quizá se acordaba en esos momentos de sus antiguos retadores que terminaron besando la lona, luego de haberlo provocado verbalmente en reiteradas oportunidades. Quizá también se acordaba de sus caras suplicantes ante el castigo desenfrenado que oprimían sus trompadas.

Vuelto al ring, todo esto pasaba en la cabeza del campeón que seguía recibiendo los impactos del retador.

Una trompada en su maxilar izquierdo lo despertó de su letargo. Sintió entonces desvanecerse, y por primera vez en su vida conocía la humillación de haber mordido en la lona con sus propios dientes, de tener que rasguñar con sus guantes el piso para levantarse.

El uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y ocho, eran trompadas y ganchos tremendos. De pronto ¡clanc, clanc!. La campana lo salvo de la situación, pero luego al volver al combate, esa voz lo seguía acosando. ¡No va más!. ¡no va más!. ¡no va más!. Y su reino se desmoronaba…..

El retador lo sabía, pues también lo estaba leyendo en sus ojos, en su mirada, que emanaba destellos de vaciedad. Este último lo provocaba con payasadas, con punteos y retrocesos, con todo eso que podía degradar al campeón

¡No va más!. ¡no va más!. ¡no va más!. Y esta maldita voz se repetía una y otra vez. Entonces el campeón recordaba todo lo que le había dado el boxeo: El triunfo, una posición destacada dentro de la sociedad, status, la publicidad, el Jet Set, El dinero, el cine, las mujeres.....

El ¡pum!, ¡pum! era interminable, y el campeón tenía que soportar los insultos, el griterío, todo eso tenía que soportar , sintiendo cada vez más fuerte a esa maldita voz, que tapaba a todas las demás.

Estaba vacío. Ya no tenía el mínimo orgullo para defender con hidalguía su posición. El fervor nacionalista para sostener en la cumbre los colores de su bandera. Ya no afloraba su estirpe de campeón, que en otras lo había conducido al triunfo, en momentos muchos peores que este....

Se había autodestruido....

Había quedado vacío de todos esos ingredientes que lo elevaron a la gloria.

Y cuando se dio cuenta de ello pareció desmoronarse.

¡Pum!. ¡pum!. ¡pum!. ¡um!... Cuatro trompadas que hicieron estallar hasta las mismas butacas del estadio, estallaron sobre su rostro.

El campeón se abalanzó sobre las cuerdas y allí se sostuvo. Volvió a tomar aire y salió al frente, pero esta vez en forma insólita; con su guardia baja…. Entregándose. Sabiendo y demostrando con este gesto, que todo lo que había construido en su vida se había secado.

El retador lo miró atónito por unas fracciones de segundos. El público enmudeció al unísono, su aliento enfervorizante. Los comentaristas y los locutores callaron sus voces para tragar saliva. Los jueces dejaron de tomar nota con sus lapiceras.

"Y el ojo de la televisión grabó en su retina la escena".

Y cuando todos despertaban de ese letargo que duro segundos, la derecha lapidaria del retador partió como un rayo al hacia el rostro del campeón.

¡Este cayó en la lona desplomándose en forma fulminante!...

Entonces resucitaron los gritos y los insultos desenfrenados.

Fue un estallido infernal de pasión popular..... Todo cobró vida nuevamente, menos la voz misteriosa que acosaba al ya ex - campeón, que calló definitivamente su sonido.

Quizá quepa destacar unas últimas palabras para sellar toda una vida de gloria, a manera de epitafio sobre este hombre; palabras que dirían así:

"Aquí yace un campeón, tendido en la humillante lona y cubierto por los insultos que debió soportar.....

Ya no hay aplausos, ni palmadas en la espalda y en la cara, ni voces de aliento, ni la gloria que antes lo vistió..... ¡Ahora hay derrota!
Aquí yace un ex - campeón.
¡Qué le habrá pasado al campeón!.



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